martes, marzo 08, 2016

Rodolfo Morales

El señor de los sueños



El prólogo está escrito por el periodista argentino, que publica regularmente en diarios de EE UU, Andrés Oppenheimer. Dice él en el primer párrafo: “… creo que Morales será el artista de fines de siglo XX y comienzos del siglo XXI que pasará a la historia como el pintor por excelencia del alma de México…”. Sobre la vida de este artista oaxaqueño, nacido en Ocotlán de Morelos, nos entregó este libro la crítica de arte Martha Mabey.

Rodolfo Morales nació en Ocotlán de Morelos, pueblo de los Valles Centrales de Oaxaca, en la tercera década del siglo XX. En aquellos años el medio moderno de transporte de este pueblo al resto del mundo era el ferrocarril. Ocasionalmente aterrizó un avión en las cercanías del pueblo, esta anécdota forma parte de los recuerdos de infancia que el artista platicó a la autora. Los sitios principales del pueblo eran, y lo son aún, el jardín o plaza central, la estación del ferrocarril –ya desaparecido-, la iglesia y el mercado, éste muy especialmente los días de tianguis en que de las poblaciones cercanas acudían sus pobladores –indígenas- a vender sus productos y proveerse de lo necesario para la vida diaria.

Durante su infancia Rodolfo, cuenta a la autora, que acudió a la escuela –su madre fue maestra-. De esa época de su vida recuerda con especial interés los días de mercado, por la cantidad de personas que concurrían al lugar y la variedad de productos que se expendían. Recuerda la llegada del tren y el aterrizaje súbito de un pequeño avión que ya no pudo despegar. El paisaje, llanuras extensas rodeadas de montañas son el marco del pueblo, bajo un cielo azul intenso.

Poco interés le despertó la escuela. No le atraía el trabajo de carpintería del taller de su padre. Prefería recortar figuras, dibujar y asistir a la iglesia, especialmente a las celebraciones dominicales. Su personalidad reservada y de gustos un tanto distintos de la mayoría de los niños y luego adolescentes lo llegó a señalar como “el tonto del pueblo”. Gustaba de preparar altares para las fiestas religiosas, hacer papalotes para que los niños volaran al finalizar el invierno cuando soplaban fuertes vientos. Sus preferencias eran distintas. Vivía un tanto aislado.

En su juventud partió a la ciudad de México. Con el apoyo de su hermano ingresó a la Academia de Artes de San Carlos. Su propósito fue aprender a pintar y en general aprender artes. También en esta academia fue identificado como diferente, por no sujetarse a los cánones de la enseñanza que allí se impartía. Él tenía su manera peculiar de aplicar los colores y de hacer los dibujos, tenía su propia perspectiva.

De San Carlos obtuvo las bases del arte clásico. Obtuvo una plaza de maestro de dibujo en una escuela preparatoria de la Universidad Nacional y a esta enseñanza se dedicó varías décadas. Fue allí donde conoció a su compañera de docencia y luego amiga Ángeles Cabrera. Ella lo impulsó para dar a conocer su obra pictórica al presentarlo con una galerista que le preparó su primera exposición individual en una galería de Cuernavaca, a la inauguración fue invitado Rufino Tamayo –pintor oaxaqueño también- quién otorgó entonces un reconocimiento a la obra expuesta. Éste es el punto de despegue de la carrera pictórica de Morales. Su obra fue bien recibida. Siguió otra exposición en la ciudad de México y luego otras en otras ciudades. La ciudad de México también le brindó la oportunidad de acercarse a otras manifestaciones artísticas como la música, especialmente la ópera, el teatro e incluso el cine. De allí partió a viajes a Europa y Sudamérica.

En la cuarta parte del siglo XX, jubilado de la enseñanza de dibujo, se trasladó para vivir en Oaxaca, la capital y su pueblo natal Ocotlán. Se alió con la naciente galería Arte de Oaxaca que comercializó su obra y él se dedicó a pintar. Con los recursos que iba obteniendo realizó una intensa labor altruista. Ésta la hacía mediante la restauración de conventos y templos de la época novohispana en pueblaciones del Valle de Oaxaca, iniciando por el exconvento de Santo Domingo de su propio pueblo. Restauró casas, una de ellas donde había vivido su infancia y sus padres rentaban una pequeña parte. Su casona de Ocotlán también fue habilitada para brindar servicios de cultura a los pobladores, especialmente a los niños y jóvenes. Allí también tuvo un estudio que alternaba con el que tuvo en las cercanías del exconvento de Santo Domingo de Guzmán en la capital oaxaqueña.

La autora concluye su libro a finales del siglo XX. Rodolfo Morales falleció el 30 de enero de 2001. Trascendió al siglo XXI. Su obra, como señala Oppenheimer en el prólogo, marca un hito en la historia del arte de Oaxaca y de México.

El legado de Rodolfo Morales es su obra pictórica donde retrató a su pueblo, sus mujeres y
casonas de arquitectura novohispana, sus llanos y montañas con su cielo azul, el tren que llegaba regularmente, las novias voladoras que sueñan como el soñaba su pueblo, un pueblo con sus perros de la calle como otros pueblos de Oaxaca y de México. Queda también su labor de restauración, muchos dólares que recibió por sus pinturas están invertidos en esas reconstrucciones. Es Morales un ciudadano ejemplar.

En el primer mes de este año concluí la lectura de este libro, la inicié hace quince años -2001-, lo sé por el calendario que dejé como marcador de la lectura en la página que leí hasta entonces. Después de tres mudanzas el ejemplar estaba tal como lo empecé. Tarde pero sin sueño.


Título: Rodolfo Morales, el señor de los sueños
Autora: Martha Mabey
Editorial: Raya en el Agua
Edición: Primera, 24 de noviembre de 2000.


El autógrafo de la autora:



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